De un tiempo a esta partese vigila los pies sin disimulo,convencido de su incierta trayectoria.Y alguna vez se los quitaante el estupor de los transeúntesno sin antes haberse disculpado.En otros momentos en su dormitorio,cuando la soledad es más intensa,les da un giro de ciento ochenta gradosy se pone a rezar un padrenuestroa los pies de su cama